
Imagina a Camila y Diego. Ella es kinesióloga, él técnico en electricidad. Viven en Arica, arriendan un departamento pequeño y, como muchos, guardan un tarrito de ahorro en la cocina. No es romanticismo: es la esperanza de que algún día esa llave que cuelga al lado del refrigerador abra la puerta de su casa.
Pero cada vez que hacen cuentas, el sueño se encoge. Un departamento nuevo en Arica ronda los $100 millones. El banco les pide un PIE de al menos 10% (unos $10 millones si no hay subsidio) y, para prestarles, miran que la renta familiar sea bien alta. Mientras tanto, el arriendo no espera, los sueldos no suben y el tarrito se llena más lento que la paciencia.
La propuesta “Vivienda sin Deuda Eterna” entra justamente ahí, donde la ilusión suele chocar con la calculadora. En simple: subir el subsidio DS-19 para primera vivienda de la clase media emergente —gente con trabajo formal que no califica a vivienda social ni alcanza el crédito suficiente—. ¿Cuánto subirlo? Hasta 1.000 UF, unos $40 millones. Hoy, en regiones extremas como Arica y Parinacota, el tope es 512 UF (alrededor de $20 millones).
Volvamos a la mesa de Camila y Diego, con papel, lápiz y café.
Con el sistema actual (≈ $20 millones de subsidio):
—Precio $100 millones → baja a $80 millones.
—PIE 10% ≈ $8 millones.
—Crédito cerca de $72–80 millones.
—Renta que suele exigir el banco: alta (a veces cerca de $3 millones en total).
Resultado: muchos quedan a medio camino, con ahorro en pausa y arriendo al hombro.
Con la propuesta (≈ $40 millones de subsidio):
—Precio $100 millones → baja a $60 millones.
—PIE 10% ≈ $6 millones (dos millones menos que hoy).
—Crédito aprox. $54 millones.
—Renta exigida: más baja (en torno a $2 millones entre ambos).
Resultado: la puerta ya no se ve a kilómetros; está al frente, con la llave más cerca del manojo.
¿Por qué esto es clave en Arica? Porque vivir en el extremo norte es más caro: materiales, transporte, tiempos. Mientras en otras regiones hay departamentos desde $60 millones, aquí la base suele estar en $100 millones. Pedir la misma regla para mercados distintos es como exigir el mismo paso a quien sube cerro y a quien camina en plano.
¿Y el temor de siempre —“si hay más subsidio, subirán los precios”—? La propuesta no es “echar plata” sin mirar; es gobernar bien esa ayuda:
- Priorizar buena ubicación y calidad (cerca de empleo, servicios y transporte).
- Fijar topes por tipo de vivienda y estándares de eficiencia energética.
- Concursos transparentes que premien proyectos pertinentes.
- Gestión de suelo para bajar el componente más caro.
- Acompañar con un seguro de desempleo asociado al crédito para evitar moras tóxicas.
Con reglas claras, el subsidio no se transforma en aire para inflar precios, sino en oxígeno para familias que hoy se ahogan en arriendo. Además, cuando hay demanda solvente y bien orientada, la construcción responde con más y mejores proyectos, activando empleo local y estabilizando valores.
Esta historia no es sobre “premiar” a Arica. Es sobre justicia territorial. Chile es largo, desigual en costos y distancias; la política habitacional no puede ser plana. Si vivir en el extremo norte cuesta más, el Estado debe compensar esa realidad para que el esfuerzo de Camila y Diego pese lo mismo que el de cualquier pareja en Valparaíso o Coquimbo.
“Vivienda sin Deuda Eterna” no promete castillos ni magia. Propone algo más honesto: acortar la brecha entre arriendo y propiedad, bajar el PIE, reducir la deuda y alinear la renta que piden los bancos con los sueldos reales de nuestra clase media emergente. Convertir el “algún día” en un plan posible.
Esa llave colgada en la cocina no debería ser un recordatorio de lo lejano, sino el símbolo de algo alcanzable. Un hogar no es un pagaré infinito; es el lugar donde empieza la vida en común. Con cuentas claras y reglas bien hechas, esa puerta —por fin— se puede abrir.
Por Jorge Díaz Ibarra, candidato a diputado por la región de Arica y Parinacota
