Zona de Exclusión Fronteriza para evitar ingresos ilegales
Publicado el: 29 octubre 2025

Cerrar la ventana, control efectivo de la puerta de entrada al País

Amanece en la frontera y el viento del altiplano levanta polvo y preguntas. Cada amanecer está lleno de dudas e incertidumbres: ¿seremos un país de puertas abiertas y reglas claras o un territorio lleno de rendijas por donde se cuela el crimen organizado, la trata de personas, el contrabando y la impunidad? 

La frontera no es una línea dibujada en un mapa: es una promesa. Promesa de orden para quienes llegan legalmente. Promesa de dignidad para quienes piden protección. Promesa de seguridad para las familias que viven en nuestra tierra.

Durante años, una “ventana” quedó entreabierta. A ciertas horas, por ciertos recodos, algunos desafiaron al Estado, ignoraron los pasos habilitados y se internaron por rutas clandestinas. Y alguna vez —todos lo recordamos— esa ventana permitió la entrada y salida de un delincuente peligroso. No fallaron nuestros carabineros, ni nuestros fiscales, ni nuestros jueces por sí solos: falló el ESTADO cuando dejó sin dueño esa franja donde el país empieza.

Por eso propongo algo simple y contundente: crear por ley una Zona de Exclusión Fronteriza (ZEF). No es un muro. No es un eslogan. Es un régimen permanente con reglas claras, límites nítidos y controles reales. Una franja —de hasta 10 kilómetros desde la línea limítrofe— donde las Fuerzas Armadas apoyen de manera explícita y regulada a Carabineros y PDI, con tecnología, procedimientos y rendición de cuentas. ¿El objetivo? Cerrar la ventana por donde entran la ilegalidad y el miedo; abrir la puerta del paso habilitado para la migración ordenada, transparente y humana.

Imaginemos esa franja como un tablero iluminado: drones y cámaras térmicas que detectan movimientos; rutas de acceso señalizadas y horarios controlados para visitantes y contratistas; registros biométricos que impiden que un prófugo cruce dos veces con dos nombres distintos; protocolos binacionales para reconducir a quien intentó burlar la ley. Un sistema que desincentiva, detecta y deriva con celeridad. Un sistema que dice con firmeza: en Chile se entra por la puerta, no por la ventana.

Pero también imaginemos otra escena —igual de importante—: una familia que, con miedo y frío, explica que huye de persecución; una mujer que pide refugio y protección; un niño con fiebre. En la ZEF que proponemos, esa historia no se borra. Se resguarda. Con intérpretes, con debidos procesos, con el principio de no devolución al centro. Porque seguridad sin humanidad es abuso, y humanidad sin seguridad es ingenuidad. Chile merece ambas: la fuerza de la ley y la fuerza de los valores.

Sé que algunos preguntarán: “¿Y quién controla a los que controlan?” Buena pregunta. La respuesta está en la propia ley: reglas de uso de la fuerza estrictas y conocidas; entrega inmediata de personas detenidas a la autoridad policial; acceso del Instituto Nacional de Derechos Humanos a instalaciones y operativos; auditorías de protección de datos; y reportes trimestrales al Congreso con indicadores públicos: ingresos frustrados, reconducciones, derivaciones a refugio, delitos asociados, incidentes críticos. Si no se mide, no mejora. Si no se rinde cuentas, no sirve.

Otros dirán: “Ya hay decretos”. Sí, los hay. Y han ayudado. Pero los decretos nacen para remediar; la ley nace para ordenar y perdurar. No podemos seguir parchando la frontera con renovaciones temporales. Necesitamos un marco estable que sobreviva a los ciclos políticos, un traje a la medida del territorio y de su gente, con revisión anual, participación de municipios y gobiernos regionales, y adaptabilidad a la geografía viva del norte.

También habrá quien tema por la vida cotidiana en la frontera: ganaderos, transportistas, emprendedores. A ellos les digo: esta ZEF no es una traba, es una garantía. Establece rutas claras, registros simples para residentes y actividades productivas, y cierres temporales solo ante riesgos graves y justificados. Un orden previsible reduce costos, tiempos y sobresaltos. La incertidumbre es cara; la claridad es progreso.

La Zona de Exclusión Fronteriza es, en esencia, una alianza. Entre policías y militares. Entre tecnología y criterio humano. Entre seguridad y derechos. Entre Chile y sus vecinos. Es el Estado ocupando la frontera con la presencia legítima que la ley le confiere y la ciudadanía le exige. Es decirle al crimen: aquí no. Es decirle al migrante de buena fe: aquí sí, por acá, con papeles, con respeto.

A veces creemos que la épica de nuestra época está en grandes discursos. No. La épica hoy es hacer que lo obvio ocurra. Que las cosas funcionen. Que la línea que nos separa del desierto, de la cordillera o del río sea, ante todo, una línea de confianza. Que al caer la tarde, cuando el viento del altiplano otra vez levante polvo, sepamos que hay ojos mirando, protocolos funcionando y un país entero respirando más tranquilo.

Cerrar la ventana. Abrir la puerta. Orden para proteger. Humanidad para acoger. Esa es la ley que propongo. Esa es la historia que Chile puede escribir en su frontera: una historia de firmeza y de abrazo, a la vez.

Que el Congreso la discuta con altura, a que la perfeccionemos con evidencia, a que la ciudadanía la exija con convicción. Porque la frontera no es el borde de Chile: es su comienzo. Y ahí, en ese comienzo, debemos estar presentes —con ley, con principios y con coraje.

Por Jorge Díaz, candidato a diputado.

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