
En el Día del Funcionario Municipal, quiero agradecer y defender una convicción sencilla: el Estado se hace carne cuando un equipo municipal llega a la puerta de una casa, cuando una trabajadora social cruza un río para actualizar un registro, cuando una postación rural mantiene abierta su sala de procedimientos un día de lluvia. Lo celebramos cada 28 de octubre, fecha instituida oficialmente por el Decreto 2.118 de 1997 para reconocer a quienes sostienen la vida cotidiana de nuestras comunas.
Lo aprendí desde adentro. Ser funcionario municipal —en terreno, escuchando, conversando y resolviendo— me cambió la manera de mirar la ciudad, los pueblos y los valles. Entendí que el servicio público no es una hilera de trámites, sino presencia y empatía que habilitan soluciones concretas. Por eso hoy, en este día, mi gratitud es para quienes siguen ahí, muchas veces en silencio, manteniendo la ventanilla abierta, la posta encendida y la comunidad organizada. Ese músculo territorial es el motor del desarrollo local; así lo ha reconocido el propio Estado al saludar a los equipos municipales como “el motor de las comunas”.
Esa convicción la forjé también como abogado en la ruralidad. En ese camino vi a familias que debían viajar horas para cobrar una pensión o resolver un beneficio. Por fortuna, Chile ha avanzado con iniciativas que acercan la institucionalidad al territorio, como las oficinas móviles y, más recientemente, los Puntos de Atención Virtual (PAV) de ChileAtiende que se han inaugurado en localidades apartadas —desde Río Puelo a diversas comunas de Chiloé— para que la gente mayor no deba cruzar canales o cordones montañosos para hacer un trámite. Son cambios concretos, nacidos de escuchar a la gente y de mirar el mapa completo del país.
La ruralidad chilena vive además desafíos demoledores: envejecimiento acelerado, soledad de personas mayores, escuelas que cierran y servicios que se retiran. En comunas rurales por ejemplo, casi una de cada cuatro personas tiene 65 años o más, y desplazarse a un centro urbano para resolver un trámite o atenderse puede ser una odisea. De ahí la urgencia de políticas que pongan al territorio —no a la ventanilla— al centro.
Hay testimonios que lo confirman. Los profesionales de Servicio País —jóvenes que viven un año en comunidades apartadas para acompañar proyectos locales— relatan cómo la inmersión en la ruralidad transforma su manera de entender el Estado: no como un edificio en la capital, sino como una red de confianzas que se teje a pie. Esa experiencia refuerza lo que vemos a diario en municipios: cuando el Estado llega con humildad y constancia, la comunidad responde y florece.
También la salud primaria entrega lecciones: las postas rurales, con equipos mínimos que hacen de todo —desde controles hasta derivaciones— son un dique contra la desigualdad sanitaria. En la pandemia, muchas sostuvieron la entrega de medicamentos y el seguimiento de pacientes en sectores aislados; hoy siguen siendo el primer abrazo del Estado en zonas dispersas. Cuidarlas y fortalecerlas no es un lujo: es la línea de vida de miles de familias.
¿Qué nos toca hacer ahora? Propongo tres compromisos simples y medibles :
Presencia garantizada: asegurar por ley estándares mínimos de atención estatal en localidades rurales (frecuencia de móviles, horarios extendidos, metas de respuesta), con financiamiento basal y evaluación ciudadana anual. Las experiencias recientes de Puntos de Atención Virtual y oficinas móviles demuestran que sí se puede.
Municipios con “mochila rural”: un incentivo permanente para dotaciones y cargos críticos en comunas extensas o aisladas (salud, desarrollo comunitario, gestión social y jurídica), priorizando continuidad de equipos y formación en terreno. La evidencia de envejecimiento y dependencia en la ruralidad hace impostergable reforzar esa primera línea.
Infraestructura para la vida cotidiana: agua potable rural, conectividad y transporte local coordinados con municipios y servicios; donde ya hay avances, acelerarlos con ventanillas únicas y asistencia técnica a las organizaciones que operan los sistemas.
Hoy no escribo solo para agradecer —que también—, sino para reafirmar una forma de hacer política: con botas con barro, cuaderno en mano y la paciencia de quien sabe que un pequeño avance puede cambiar la vida de una familia. Esa fue mi escuela como funcionario municipal y como abogado en la ruralidad. Esa es la trayectoria que me trae hasta aquí, presentándome como candidato a diputado con la misma convicción de siempre: servir.
A las y los funcionarios municipales, gracias por sostener el Estado donde más se le necesita. Sigamos empujando juntos una promesa muy concreta: que nacer, trabajar, envejecer o emprender en un valle, una isla o un campo no sea sinónimo de estar más lejos de tus derechos, sino exactamente lo contrario. Porque el Estado —cuando llega bien— llega para quedarse.
